El año de la guerra (y VI)

Dos soldados ingleses ayudando a sacar agua de un pozo a una anciana francesa, en cuya casa se alojan.

Dos soldados ingleses ayudando a sacar agua de un pozo a una anciana francesa, en cuya casa se alojan.

“Federico el Grande -el grande cínico- decía: ‘hago siempre lo que me da la real gana, y luego nunca faltan en mi reino filósofos pedantes que inventa razones y teorías irrebatibles con que justificar mis actos’. Acaso ésta es la mejor explicación de la filosofía bárbara. Según ella, la inteligencia cumple menesteres anciliarios, serviles, del instinto. El instinto, en pleno señorío, exige la satisfacción de sus concupiscencias y apetitos; luego, a la inteligencia, profesionalmente adiestrada al efecto, le cumple hallar una justificación teórica y dogmática”.

Quien escribe esta reflexión, que bien sirve para estos días (incorporando a la nómina de filósofos serviles la de periodistas voceros de la autoridad cuando de justificar bárbaras decisiones se trata), es Ramón Pérez de Ayala, en la revista Nuevo Mundo, en una serie de artículos que publicó a finales de 1914, con la Guerra Mundial como telón de fondo y la historia de la barbarie humana como argumento, titulada ‘Tabla rasa’, que es precisamente lo que gustan de hacer todos los fanáticos allá donde actúan. Pérez de Ayala parte de las intenciones que habían llevado a Alemania a comenzar el conflicto para intentar en sus artículos (la cita está tomada del último de 1914, el noveno) abarcar el mundo de la barbarie en todos los ámbitos, desde la filosofía a la historia, de la política a la antropología.

Capítulo 9 de "Tabla rasa. Sobre el concepto de barbarie" de Ramón  Pérez de Ayala.

Capítulo 9 de “Tabla rasa. Sobre el concepto de barbarie” de Ramón Pérez de Ayala.

Y si la barbarie, como la que hemos visto estos días en el atentado contra ‘Charlie Hebdo’ o estamos viendo desde hace más de diez años (y sin visos de final) en Guantánamo, no desaparece, ni siquiera se transforma, casi lo mismo se podría decir de determinados personajes intemporales como el de Ramón Pérez de Ayala, que tanto recuerda a los hipsters contemporáneos. Leyendo a este escritor y periodista, que en aquel 1914 tenía 34 años, y viendo su trayectoria vital hasta entonces, no es difícil trazar un paralelismo con quienes aparecen en el excelente Indies, hipsters y gafapastas: crónica de una dominación cultural, donde Víctor Lenore disecciona a esa casta cultural que tanto recuerda a los Modernistas a los que se adscribió Pérez de Ayala a su llegada a Madrid, desde su Oviedo natal, donde había ejercido de dandi iconoclasta.

Nada más llegar, se sumo rápidamente al grupo de Valle-Inclán que cacareaban más que actuaban y que, nunca, como el propio Pérez de Ayala, tuvieron más que aparentes y superficiales intenciones reformistas. Lo que no está nada mal en la España de la época, por cierto. Pérez de Ayala era un poco más aventurero que sus amigos de francachela modernista. Meses después de escribir esta serie de artículo, hace ahora un siglo, salió hacia Europa para ejercer como corresponsal de La Prensa de Buenos Aires de lo que sería un conflicto aterrador que se vería superado pronto en barbarie por guerras posteriores. (De su visita a los campos de batalla surgió su obra Hermann encadenado, publicada en 1917).

Porque en aquella guerra, todavía quedaba un atisbo de Humanidad entre la barbarie, al menos como refleja la imagen adjunta o aquel breve armisticio para un partido de fútbol que ha servido como anuncio navideño de una conocida cadena británica.

Prisioneros alemanes, jugando a las cartas, mientras varios soldados británicos les vigilan apaciblemente.

Prisioneros alemanes, jugando a las cartas, mientras varios soldados británicos les vigilan apaciblemente.

 

Los dos últimos números del segundo semestre de Nuevo Mundo de 1914 (sobre los que se ha conformado esta pequeña serie de ‘El año de la guerra’) desvelan cómo, aunque la Gran Guerra lo invade todo, en la España neutral, la vida sigue. Nuevo Mundo goza de una notable mancha publicitaria, en sus páginas, que haría las delicias de cualquier publicación contemporánea. En la revista, por ejemplo, las batería de cocina en lugar de regalarse con la compra de ejemplares, se anuncian a toda página.

Batería de cocina

Publicidad de una batería de cocina.

Y en cuanto a los inviernos, los rigores eran bastante mayores que los que se sufren ahora, gracias al cambio climático e incluida la pobreza energética a la que nos han llevado las eléctricas, a tenor del anuncio estrella del mes de diciembre, los trajes interiores del Doctor Rasurel, “compuestos de una mezcla de legítima y suavísima lana de Australia y de turba antiséptica, estos trajes interiores higiénicos mantienen al cuerpo siempre igual preservándolo así de los resfriados y reumatismos”.

Nota mercadotécnica: Nótese en la redacción visual del anuncio cómo el cacareado marketing de contenidos ya estaba más que inventado hace un siglo.

Preparándose para el invierno con las prendas del Doctor Rasurel.

Preparándose para el invierno con las prendas del Doctor Rasurel.

 

 

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