El año de la guerra (II)

“Un político profesional es uno que estima que la suprema función política son las elecciones: es un electorero; es uno que lo supedita todo a ganar y acrecentar votos, es uno para quien las ideas que tenía a prestamo gratuito son un medio de alcanzar el poder, y el poder un medio para retenerlo y recobrarlo mañana y para hacer, con mercedes, amigos: eso que se llama amigos en la política profesional. Un político de oficio es uno que cuando obtiene un cargo representativo no está pensando sino en la reelección, y a ella supedita todo lo demás. (…) ¡Votos son triunfos! He aquí la divisa de esos desgraciados”.

¿Pablo Iglesias aleccionando a los suyos en una asamblea de Podemos y hablando de Camps y su “amiguito del alma” El Bigotes? No, sencillamente, el ya por entonces reconocido y reputado escritor y filósofo Miguel de Unamuno hace ahora un siglo en la revista Nuevo mundo, en un artículo titulado “Las grandes tristezas de nuestra época”.

Migue de Unamuno: "Las grandes tristezas de nuestra época"

Migue de Unamuno: “Las grandes tristezas de nuestra época”

 Unamuno se quejaba en el artículo de la página 2 de la publicación madrileña de la decadencia de la clase política española en aquel momento en que, tal y como recoge la revista unas páginas más adelante de la mano del olvidado escritor (entonces muy popular) Ricardo León, el debate era entre quienes estaban a favor de la vuelta de Antonio Maura, defenestrado por el rey Alfonso XIII en favor del alavés Eduardo Dato, y quienes defendían a este último. Ambos cortados por el mismo patrón, en un sistema político bipartidista en decadencia, como el que ahora se vive.

Nuevo mundo era una publicación de la ‘casta’ como también le calificaría el Pablo Iglesias que vivía en aquel 1914, el fundador de un PSOE todavía minoritario, como el Podemos actual, que en 1910 obtuvo su primer diputado y que crecería paulatinamente gracias a su alianza con los republicanos.

Sí, en efecto, el PSOE de hace cien años era profundamente republicano. Y no amparaba y disfrutaba con la vida disipada del Borbón de entonces, Alfonso, que como su bisnieto Felipe, gozaba de los placeres de la vela, pero en lugar de en Mallorca, en la Bella Easo, porque San Sebastián era entonces el lugar de veraneo de la dinastía.

El rey Alfonso acude a las regatas de San Sebastián.

El rey Alfonso acude a las regatas de San Sebastián.

 En aquellos momentos, en Europa se vivía ya un ambiente prebélico, que no se imaginaba lo que traería en los cuatro años siguientes y, quizás por ello, la tensión subía de graduación conforme pasaban los días, desde el magnicidio de Sarajevo, en lugar de tratar de rebajarla de una u otra manera. Es de esperar que en esta ocasión, cuando en Israel se vive una escalada en la aniquilación de Gaza, y en Ucrania, la guerra ataca, paradojas de la vida,un avión en el que viajaban de científicos que acudían a un congreso destinado a salvar vidas, estos conflictos no alcancen la dimensión global que tomaron los de aquel verano de hace cien años.

De todos modos, por aquí la vida, para los de Nuevo Mundo, aunque también incluía algún que otra escaramuza social (como las manifestaciones contra la carestía de los alimentos de primera necesidad), se sucedía con tranquilidad estival que le permitía al monarca disfrutar de las regatas, mientras se celebraba la última edición del Tour de Francia antes de la I Guerra Mundial, con victoria del belga Philippe Thijs, el primero de los 54 aguerridos rodadores que cruzarían la meta en París, de los 145 que habían salido, un mes antes. Tiempos en los que el dopaje más sofisticado era el elixir Muscolosine que preside esta entrada, pero que impulsaban el furor ciclista en la población como muestra la publicidad de la venta de bicicletas que se imponía en Nuevo Mundo. A un módico precio, 208,25 pesetas de las de entonces o en plazos de 12, 25 en 20 meses, se podía adquirir la simpar ‘La Inglesa’. Una ganga.

Publicidad de una bicicleta de carretera.

Publicidad de la bicicleta de carretera ‘La inglesa’.

 

 

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